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:::: Camposagrado ::::

 

Mito, leyenda y tradición, que arrancan de

acontecimientos auténticamente históricos.


Analizar y situar cada elemento en su tiempo exacto y en su dimensión verdadera es siempre difícil y, a menudo, imposible.
“...luego que el infante D. Pelayo ganó aquella gloriosa victoria de Covadonga, que fue por los años de nuestra salvación de 718... pasó los montes que dividen a León de las Asturias: allí trabajaba a los pueblos sujetos a los moros... lo cual sabido por el rey Almanzor, que estaba en León, juntó las más gentes que pudo, y salió al encuentro; el ejército de los moros estaba algo picado de peste, como también lo estaba León.


El infante D. Pelayo, juntamente con su yerno D. Alonso, temían el venir a las manos con los enemigos, ya fuese por tener menos gente ó por ser tierra llana y sin montes. Así estando pues los dos ejércitos poco menos de una legua el uno del otro, tratando de disponer sus haces el capitán Colinas pidió quinientos azadoneros al infante, el cual se los dio, y en una noche labró trece hoyos en la tierra que sirvieron de emboscada y en cada hoyo se metieron cincuenta hombres... Aquella misma noche tuvo revelación el infante de la Virgen Santísima y del Apóstol Santiago, de que sin temor acometiese, que ellos le ayudarían –por cada cristiano había cien moros-.

Comenzóse la batalla que fue crudamente reñida; hubo gran destrozo de una y otra parte, tanto que el infante, perdidas las esperanzas, se retiró a la parte que hoy llaman Majada, en donde fue reprendido del Apóstol Santiago. El día siguiente los moros pasaron adelante juzgando por segura su victoria, sin saber de la emboscada. Llegaron los bárbaros al valle descuidados de todo peligro y sin ningún temor, viniendo sobre ellos D. Alonso, el infante y Colinas, con gran cantidad de piedras, maderos y otras cosas, que de lo alto del monte arrojaron a los llanos. Acabaron con los moros miserablemente, sin que dejasen hombre a vida. Ganóse esta memorable batalla el año del Señor de 722. Volvieron los vencedores al puesto primero, adonde compadecidos, con la piedad cristiana, de ver tantos cristianos muertos, y de que se quedasen sin darles sepultura, hallándose siete obispos y el arzobispo Urbano, fiel compañero del infante, determinaron de bendecir todo el campo, para que quedasen en sagrado los cuerpos de los cristianos...”

 

Relato de Got Villa, según F. Alvarez y Miranda.

 

 

 

 

D. Pelayo

 

R. Almanzor